Mi casa fue el lugar donde se empezó a gestar mi incondicionalidad para con la música. No puedo disponer de una cifra cierta de cuantos vinilos había, pero si hay algo de lo que puedo estar seguro era que música sobraba. Una especie de ambiente musicalizado ininterrumpidamente.Creo que en mi cumpleaños número cinco, celebrado en mi casa cuando estos duraban toda la tarde y se jugaba a la mancha o las escondidas, cuando terminado los festejos la casa quedaba algo así como una Bagdad actual, tengo uno de mis mejores recuerdos. Una compañerita muy especial de jardín, de la cual no puedo recordar su nombre, una especie de novia con la que nos dimos nuestros primeros “piquitos” (tapándonos con cuadernos camino a casa en el micro escolar), me regala un disco de Pipo Pescador, pero no era como cualquier otro vinilo, era multicolor!, un arco iris con música. Acostumbrados a que los regalos de cumpleaños sean autitos, útiles escolares, algún jueguito de moda o las clásicas medias de la tía, este regalo… era especial. Tal vez, a pesar de nuestras edades, ella ya podía reconocer mis gustos.
Recuerdo cuando pasaba las tardes sentado junto al tocadiscos con todos los albumes de mi infancia. Entre ellos había personajes tales como Carlitos Bala, Margarito Terere, Julieta Magaña, Gaby, Fofo y MiliKi (el último con Milikito), el de Pipi Pescador, etc.
Los fines de semana por la mañana eran de mi padre con Goyeneche a la cabeza, Julio Sosa, la voz infaltable de Gardel. Aunque se le identificaba claramente con el tango tenia su lado rocker. Según su estado de animo, podía sorprender con un long play de Rosko Show, Otis Reading o Elvis. Eran mañanas alegres, llenas de música. No se el por que pero cada uno tenia sus días y horarios para adueñarse del Ranser. Sin duda alguna, mi madre fue la que mantuvo la mayor colección en casa: Sandro, Nino Bravo, Camilo Sesto, Roberto Carlos, Elvis (el punto en común con mi padre), Abba y así podría llenar carillas y carillas con los músicos que mi madre escuchaba.

Era casi inevitable esperar que mi padre, los sábados a la mañana por lo general, me dijera: “Acompañame a la disqueria”, un negocio muy chico, a unos metros de la estación de trenes de San Andrés. Entre algún disco de su gusto o algún pedido de mi madre, de vez en cuando se colaba un disquito para el nene.
Todo fue cambiando hasta hoy, el cassette fue una buena alternativa, llevar los walkman enchufados en las orejas, grabar de la radio algún tema nuevo, pero nada lo hacia asemejar al sonido del vinilo y una púa. El cd es otra historia, ya todo es mas fácil, mp3, internet, i-pod, etc. Pero me atrevería a decir que nada podrá igualar al viejo long play, sus tapas, sus sobres internos, anticiparnos a levantar la púa cuando llegaba el momento que sabíamos donde el disco estaba rayado.
Todavía extraño esos días de músicos varios, esas mañanas de sol y tango, ese matiz de géneros sonando de fondo, las tardes con mi pilas de discos sentado junto al tocadiscos.
Gran parte de estos discos fueron desapareciendo de mudanza en mudanza, quizás sin darme cuenta del valor que tenían para mi. Todo va muy rápido, el tiempo te hace correr sin mirar atrás, pero un día paras, y te das cuenta que tu vida es desde el día en que naces, por eso, si alguien se quedo con parte de ella, por favor, le agradecería que me la devuelva.









